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Seminario de traducción literaria

El Seminario de traducción literaria del CCBM está formado por un grupo de universitarios, profesores y alumnos del Posgrado en la Universidad Nacional Autónoma de México. Todos trabajan temas de cultura, lengua y literatura brasileña en su actividad profesional o en sus tesis y ensayos.

María Auxilio Salado y Consuelo Rodríguez fungen como traductoras y coordinadoras del grupo al que se integraron Antelma Cisneros, Brenda Ríos, Carlos López, Cristina Hernández, Martha Patricia Reveles, Paula Abramo, Sulemi Bermúdez y Virginia Verdugo.


1. El periódico y el libro. J.M. machado de Assis. Traducción de Brenda Ríos.

2. Cuento: El oro de Artur. Alexandre Vidal Porto. Traducción de Paula Abramo.


El periódico y el libro


J.M. Machado de Assis

Al Sr. Don Manuel Antônio de Almeida


El espíritu humano, como el heliotropo, mira siempre de frente un sol que lo atrae, y al que se dirige sin cesar: es  la perfectibilidad.

La evidencia de este principio, o antes de este suceso, fue claramente demostrada en un libro de oro2, que se convirtió en el evangelio de una religión. ¿Seré yo, el último de los levitas de la nueva arca, que me arroje a hablar sobre tan debatido y profundo asunto?

Sería una locura intentarlo. Además, yo manifesté mi profesión de fe en unos versos sencillo** pero no fríos de entusiasmo, nacidos de una discusión. Pero entonces se trataba del progreso en su expresión genérica. Por esta vez me limito a trazar algunas ideas sobre una especialidad, un síntoma del avance moral de la humanidad.

Soy de los adeptos menos inteligentes de la nueva creencia, pero tengo consciencia que de los de más profunda convicción. Soy hijo de este siglo, en cuyas venas hierve el licor de la esperanza. Mis tendencias, mis aspiraciones, son las aspiraciones y las tendencias de la juventud y la juventud es el fuego, la confianza, el futuro, el progreso. A nosotros, guebros3 modernos del fuego intelectual, en la expresión de Lamartine, no importa este o aquél grado de incredulidad o desánimo: las sediciones sólo se realizan contra los principios, nunca contra las variedades.

No hay que contradecirlo. Por cualquier lado que se mire el espíritu humano se descubre una reflexión viva de un sol ignoto. Se ha reconocido que hay hombres para los cuales la evidencia de las teorías es una quimera; felizmente, tenemos la evidencia de los hechos, ante la cual los Santo Tomás del siglo tienen que inclinar la cabeza.

Es la época de las regeneraciones. La Revolución Francesa, el estruendo mayor de los tiempos europeos, en la bella expresión del poeta de Jocelyn4, fue el paso de la humanidad para entrar a este siglo. El pórtico era gigantesco y era necesario un paso de gigante para entrar en él. Ahora, esta explosión del pensamiento humano concentrado en la reina de Europa ¿no es un síntoma del progreso? ¿O qué era la Revolución Francesa sino una idea que se hacía república, el espíritu humano que tomaba la toga democrática por las manos del pueblo más democrático del mundo? Si el pensamiento se hacía liberal es que tomaba su verdadero rostro. La humanidad, antes que todo, es republicana.

Todo se regenera: todo toma un nuevo rostro. El periódico es un síntoma, un ejemplo de esta regeneración. La humanidad, como el volcán, revienta un nuevo cráter cuando más fuego le hierve en el centro. ¿Acaso la literatura tenía en sus moldes conocidos el fin último del pensamiento humano? No, ninguno era vasto como el periódico, ninguno liberal, ninguno democrático como él. Fue el nuevo cráter del volcán.

Hablemos del periódico, esta palanca que Arquímedes pedía para sacudir el mundo, y que el espíritu humano, este Arquímedes de todos los siglos, encontró.

¿El periódico matará al libro? ¿El libro absorberá al periódico?

La humanidad, desde los primeros tiempos, ha caminado en la búsqueda de un medio de propagar y perpetuar la idea. Una piedra convenientemente levantada era el símbolo representativo  de un pensamiento. La generación naciente venía  a contemplar la idea de la generación aniquilada.

Este medio, más o menos perfeccionado, no satisfacía las exigencias del pensamiento humano. Era una fórmula estrecha, muda, limitada. No había  otro. Pero las tendencias progresivas de la humanidad no se acomodaban con los ejemplares primitivos de sus libros de piedra. De perfección en perfección nació el arte. La arquitectura vino a transformar en precepto, en orden, lo que eran entonces  partos grotescos de la fantasía de los pueblos. Egipto, en la aurora de la arquitectura le dio la solidez y la simplicidad a las formas severas de la columna y de la pirámide. Parece que este pueblo ilustre quería hacer eterna  la idea en el monumento, como el hombre en la momia.

El medio, pues, de propagar y perpetuar la idea era un arte. No haré la historia de ese arte, que, pasando por el crisol de las civilizaciones antiguas, enriquecida por el genio de Grecia y Roma, llegó a su apogeo en la Edad Media y cristalizó la idea humana en la catedral. La catedral es más que una fórmula arquitectónica, es la síntesis del espíritu y las tendencias de aquélla época. La influencia de la iglesia sobre los pueblos se une en esas epopeyas de piedra; el arte a su vez acompañaba el tiempo y producía con sus bríos de águila las obras maestras del santuario.

La catedral es la llave de oro que cierra la vida de siglos de la arquitectura antigua; fue su expresión más acabada, su último crepúsculo, pero fue una expresión elocuente, un crepúsculo palpitante de luz.

Era, sin embargo, necesario, un gigante para hacer morir a otro gigante. ¿Qué nuevo parto del ingenio humano vino a nulificar un arte que había reinado por siglos? Evidentemente era necesaria una revolución para hacer bajar la realeza de un sistema; pero esa revolución debía ser la expresión de otro sistema de legitimidad indiscutible. Había llegado la imprenta, había llegado el libro.

¿Qué era la imprenta? Era el fuego del cielo que un nuevo Prometeo robara, y que vino a animar una antigua estatua. Era la chispa eléctrica de la inteligencia que vino a unir la raza aniquilada a la generación viviente por un medio mejor, indestructible, móvil, más elocuente, más vivo, más propicio a penetrar en los terrenos de la inmortalidad.

¿Qué era el libro? Era la fórmula de la idea nueva, del nuevo sistema. El edificio, manifestando una idea, no pasaba de una cosa local, estrecha. El vivo lo buscaba para leer la idea del muerto; el libro, por el contrario, viene a traer a la raza existente el pensamiento de la raza aniquilada. El progreso aquí es evidente.

La revolución  fue completa. El universo sintió una inmensa sacudida por el impulso de una doble causa: una idea que caía y otra que se levantaba. Con  la omnipotencia de las grandes invenciones, la imprenta atraía todas las miradas y todas las inteligencias convergían en ella. Era un crepúsculo que unía la aurora y el ocaso de dos grandes soles. Mas la aurora es la juventud, la savia, la esperanza; debía opacar al sol que se ocultaba. Era lo que temía aquél arzobispo de la catedral parisiense, tan bien delineado por el poeta de las Contemplaciones5.

¡En efecto! La imprenta era más que un descubrimiento maravilloso, era una redención. La humanidad remontaba así el Himalaya de los siglos, y veía en la idea que despuntaba un arca poderosa y más capaz de contener el pensamiento humano.

La imprenta devoró, pues, a la arquitectura. Era el león devorando al sol, como en la epopeya de nuestro Homero6.

No buscaré historiar el desarrollo de este arte regio, desarrollo confirmado en cada época por un progreso. Se conoce hasta qué punto está perfeccionado, y no se puede calcular a qué punto llegará todavía.

Pero reestablezcamos la cuestión. La humanidad perdía la arquitectura, pero ganaba la imprenta; perdía el edificio, pero ganaba el libro. El libro era un progreso; ¿cumplía las condiciones del pensamiento humano? Ciertamente; pero faltaba todavía otra cosa; no era aún una tribuna común, abierta a la familia universal, apareciendo siempre con el sol y siendo como él el centro de un sistema planetario. La forma que correspondía a estas necesidades, la mesa popular para la distribución del pan eucarístico de la publicidad, es propiedad del espíritu moderno: es el periódico.

El periódico es la verdadera forma  de la república del pensamiento. Es la locomotora intelectual viajando hacia mundos desconocidos, es la literatura común, universal, altamente democrática, reproducida todos los días, llevando en sí la frescura de las ideas y el fuego de las convicciones.

El periódico apareció trayendo en sí el germen de una revolución. Esa revolución no es solamente literaria, es también social y económica, porque es un movimiento de la humanidad sacudiendo a todas sus eminencias, la reacción del espíritu humano sobre las formas existentes del mundo literario, del mundo económico y del mundo social.

¿Quién podrá marcar todas las consecuencias de esta revolución?

 Se completa la emancipación de la inteligencia y la comienza en los pueblos. El derecho de la fuerza, el derecho de la autoridad bastarda consustanciada en las individualidades dinásticas va a caer. Los reyes ya no tienen púrpura, se envuelven en las constituciones. Las constituciones son los tratados de paz celebrados entre la potencia popular y la potencia monárquica.

¿No es una aurora de felicidad que se entreabre en el horizonte? La idea de Dios encarnada hace siglos en la humanidad salió finalmente a la luz. Los que temían un aborto pueden erguir la frente orgullosa: se concluye el pacto maravilloso.

Al siglo XIX corresponde sin duda, la gloria de haber perfeccionado y desarrollado esta grandiosa epopeya de la vida íntima de los pueblos, siempre palpitante de ideas. Es un logro todo suyo. Después de las ideas que emití en breves trazos es tiempo de desarrollar la cuestión propuesta: ¿El libro absorberá al periódico? ¿el periódico devorará al libro?

II

La ley eterna, la facultad radical del espíritu humano, es el movimiento. Cuanto mayor fuere ese movimiento más cumple su fin, más se aproxima a esos polos dorados que ha buscado por siglos. ¿El libro es un síntoma de movimiento? Ciertamente. ¿Pero estará ese movimiento al nivel del movimiento del periódico impreso?. Rehúso afirmarlo.

El periódico, literatura cotidiana, en lo dicho de un publicista contemporáneo, es la reproducción diaria del espíritu del pueblo, el espejo común de todos los hechos y de todos los talentos, donde se refleja, no la idea de un hombre, sino la idea popular, esta fracción de la idea humana.

El libro no está  ciertamente  en estas condiciones: hay ahí algo de limitado y de estrecho si lo colocáramos frente al periódico. En seguida, el espíritu humano tiene necesidad de discusión, porque la discusión es movimiento. Ahora bien, el libro no se presta a esa necesidad como el periódico. La discusión por la prensa periódica se anima y se torna fogosa por la prontitud y  reproducción diaria de esta locomotora intelectual. La discusión por el libro se enfría por la morosidad, y enfriando decae, porque la discusión vive por el fuego. El panfleto no vale un artículo de fondo.

Puesto así, el periódico es más que un libro, esto es, está más acorde a las condiciones del espíritu humano. ¿Lo nulifica como el libro nulificará la página de piedra? No me repugna admitirlo.

Ya dije que la humanidad, en busca de una forma más conforme a sus instintos, descubrió el periódico.

El periódico, invención moderna, pero no de la época actual, debe no obstante, a nuestro siglo, su desarrollo; de ahí su influencia. No cabe aquí discutir o demostrar la razón por la cual tiempo atrás no hubiera alcanzado ese grado de desarrollo; sería un estudio de la época, un análisis de palacios y de claustros.

Las tendencias progresivas del espíritu humano no dejan suponer que haya pasado de una forma superior a una inferior.

Demostrada la superioridad del periódico por la teoría y por los hechos, esto es, por las aspiraciones de la perfectibilidad de la idea humana y por la legitimidad de la propia esencia del periódico, parece clara la posibilidad del aniquilamiento del libro frente al periódico. ¿Pero estará bien definida la superioridad del periódico?

Dije arriba que el periódico era la reacción del espíritu humano sobre las fórmulas existentes del mundo social, del mundo literario y del mundo económico. Del mundo literario me parece haber demostrado las ventajas que no existen en el libro. Del mundo social ya lo dije. Una forma de literatura que se  presenta a los talentos como una tribuna universal es la nivelación de las clases sociales, es la democracia práctica por la inteligencia. Ahora, ¿esto no es evidentemente un progreso?

En cuanto al mundo económico, no es menos fácil de demostrar. Este siglo es, como dicen, el siglo del dinero y de la industria. Tendencias más o menos ideales claman en bellos hexámetros contra las aspiraciones de una parte de la sociedad y parecen prescribir los principios de la economía social. Yo mismo manifesté algunas ideas muy metafísicas y vaporosas en un artículo publicado hace tiempo.*

Pero, dejando de lado el arte plástico de esas producciones contra el siglo, en el fondo parecen poco razonables. La industria y el comercio no son simples fórmulas de una clase; son los vínculos  que ligan a las naciones, esto es, que unen a la humanidad para el cumplimiento de su misión. Son la fuente de la riqueza de los pueblos y condicionan, más o menos, su importancia política en el equilibrio político de la humanidad.

El comercio establece un trueque de género por el dinero. Ahora, el dinero es un resultado de la civilización, una aristocracia, no bastarda sino legitimada por el trabajo o por el sudor basado en las elucubraciones industriales. El sistema primitivo de la industria colocaba al hombre en la alternativa de adquirir una hacienda para operar la compra de otra, o se entregaba a las intemperies del tiempo si pretendía especular con sus producciones agrícolas. El nuevo sistema establece un valor, establece la moneda, y para adquirirla el hombre sólo tiene necesidad de su brazo.

El crédito asienta su base sobre esta ingeniosa producción del espíritu humano. Ahora, industria manufacturera o industria crediticia, el siglo cuenta la industria como una de sus grandes potencias: quitaréis a los Estados Unidos y veréis desmoronarse el coloso del norte.

¿Qué es el crédito? La idea económica consustanciada en una fórmula altamente industrial. ¿Y qué es una idea económica sino una cara, una transformación de la idea humana? Es parte de la humanidad; aniquiladla, ella deja de ser un todo.

El periódico, operando una lenta revolución en el globo, desarrolla esta industria monetaria, que es la confianza, la riqueza y los mejoramientos. El crédito tiene también su parte en el periodismo, donde se discuten todas las cuestiones, todos los problemas de la época, debajo de la acción de la idea siempre nueva, siempre palpitante. El desarrollo del crédito quiere el desarrollo del periodismo, porque el periodismo no es sino un gran banco intelectual, unagran monetización de la idea, como dice un escritor moderno.

Ahora, parece claro que, si este gran molde de pensamiento corresponde a la idea económica como a la idea social y literaria, es la forma que conviene más que ninguna otra al espíritu humano.

¿Es o no claro lo que acabo de presentar? Me parece que sí. El periódico, agitando el globo, haciendo una revolución en el orden social, tiene todavía la ventaja de dar una posición al hombre de letras; porque le dice al talento: “¡Trabaja! ¡Vive por la idea y cumples la ley de la creación!” ¿Sería mejor la existencia parásita de los tiempos pasados, en que la conciencia sangraba cuando el talento compraba una comida por un soneto?

¡No! ¡Gracias a Dios! Ese mal uso cayó junto con el dogma del absolutismo. El periódico es la libertad, es el pueblo, es la conciencia, es la esperanza, es el trabajo, es la civilización. Todo se libera; ¿sólo el talento permanecería siervo?

No faltará quien lance el nombre de utopista. Lo que acabo, sin embargo, de decir me parece racional. Pero no confundan mi idea. Admitido el aniquilamiento del libro por el periódico, ese aniquilamiento no puede ser total. Sería una locura admitirlo. Destruida la arquitectura, ¿quién evita que a la fundación de los monumentos modernos presida este o aquel axioma de arte, y que esta o aquella orden trace y levante la columna, el capitel o la cúpula? Pero lo que es real es que la arquitectura no es hoy un arte influyente y que de la claridad con que inundaba los tiempos y los pueblos cayó en un crepúsculo perpetuo.

No es un capricho de la imaginación, no es una aberración del espíritu, el que  levanta este grito de regeneración humana. Son las circunstancias, son las tendencias de los pueblos, son los horizontes rasgados en este cielo de siglos que implantan por la inspiración esta verdad en el espíritu. Es la profecía de los hechos.

Quien observase en mi idea una idolatría por el periódico habría concebido una convicción limitada. Si argumento así, si procuro demostrar la posibilidad del aniquilamiento de libro frente al periódico, es porque el periódico es una expresión, es un síntoma de democracia; y la democracia es el pueblo, es la humanidad. Al desaparecer las fronteras sociales, la humanidad da el último paso para entrar al pórtico de la felicidad, esa tierra de promesas.

¡Tanto mejor! Este desarrollo de la prensa periódica es un síntoma, es una aurora de esta época de oro. El talento sube a la tribuna común; la industria se eleva a la altura de institución; es el titán popular, sacudiendo por todas partes los principios inveterados de las fórmulas gubernativas, talla con  la espada de la razón el manto de los dogmas nuevos. Es la luz de una aurora fecunda que se derrama por el horizonte. Preparar la humanidad para saludar al sol que va a nacer, he aquí la obra de las civilizaciones modernas.

Traducción de Brenda Ríos

* CM, 10 y 12 Ene.  1859.

1. La idea de este trabajo pertenece a un amigo mío, el Sr. Reinaldo Carlos.

2. Le Monde Marche del Sr. Pelletan.

**( “O progreso Hino da mocidade”, dedicado a E. Pelletan y publicado no Correio Mercantil, 30 nov, 1859. Apud, J. Galante do Souza).

3. El autor hace referencia a uno de los pueblos, que junto a los banianos y los judíos, viven dispersos en el mundo, que no tienen alianza con ninguna nación. Los guebros fueron antiguamente más importantes que los judíos: eran los restos de los antiguos persas que dominaron al pueblo judío; en la actualidad sólo están esparcidos por una parte del oriente. (N. del T.)

4. Se refiere a una obra de Alfonso Lamartine. (N. del T.)

5. El autor hace referencia al poema “Las contemplaciones” de Víctor Hugo.
(N. del T.)

6. Colombo, poema en que trabaja el Sr. Porto Alegre.

Manuel de Araújo Porto Alegre fue pintor y poeta. Perteneció a la primera generación del romantixcismo brasilenho. Colombo se publicó en 1866.

* Véase  “O Passado, o Presente e o Futuro da Literatura”.



El oro de Artur

Alexandre Vidal

Conozco bien la historia de Artur. Es un hombre íntegro y es mi deber defenderlo. Artur tiene muchos defectos de personalidad, pero pocos de carácter. Tiene pensamientos inconfesables, de los que se avergonzaría. Pero ¿quién no se ha avergonzado jamás de sus propios pensamientos?

Al separarse, había intercambiado la posibilidad de la depresión por un sentimiento de amargura leve, pero perenne. En São Paulo, no conocía a nadie. Su contacto social se limitaba a la poca plática que intercambiaba en la biblioteca con los ocho empleados que trabajaban bajo su supervisión.

Esa falta de contacto no le molestaba. Al contrario, le convenía. Entre menos personas conociera, entre menos personas hablaran con él, mejor. No quería volver a narrar la historia de su pasado reciente, no quería que nadie tuviera elementos para deducir los sucesos de su vida y, lo más importante, no quería acabar haciendo gastos innecesarios con gente que no le interesaba.

De todo lo que perdió con la separación, el departamento fue lo que más le dolió. Artur le temía al futuro. Tenía miedo de sufrir cáncer de próstata. Tenía miedo de quedar desamparado y la idea de no tener dónde vivir en la vejez le inspiraba más pavor que cualquier otra cosa en el mundo.

Contaba hasta el último de sus centavos. A esas alturas, su principal objetivo en la vida consistía en volver a hacerse de un inmueble propio y dejar de pagar renta. Todas las noches se dormía pensando en un departamento pequeño, adquirido en compraventa, en un edificio decente, donde pudiera vivir tranquilo. Ahorraba para el enganche. Con su salario pagaría los plazos.

Por necesidad y cautela, vivía modestamente. Sin embargo, no necesitaba privarse de mucho. Era naturalmente frugal. A costa de un descuento simbólico en su quincena, hacía las tres comidas en el comedor de la Universidad. Por la noche, a veces, merendaba una fruta o un sandwich de queso. Todos los días comía lo mismo. Sus lujos consistían en una televisión con DVD y una computadora.

La separación lo había arruinado. Sólo las personas más cercanas a él supieron lo que pasó. Hasta hoy, Artur evita hablar del tema. Se separaron por decisión de ella. Sólo de ella. Se enteró de que Artur había tenido una aventura - por cierto ya bien muerta y enterrada - con su ex-cuñada. Tomó la decisión de separarse y se mantuvo irreductible hasta el fin.

Artur ya no amaba a su mujer, pero quería seguir casado. Al ser sincero, terminó por cometer un atentado económico y moral contra sí mismo. El departamento se lo quedaron la mujer y los dos hijos, y comenzó a descontarse directamente el 20% de su salario a título de pensión.

En São Paulo continuaría con su vida. Había pensado en rentar un cuarto en una de las casas de estudiantes que hay por la Universidad, pero se dio cuenta de que no tendría dónde recibir a sus hijos. Al final, rentó un departamento pequeño, con una sola recámara. Sus hijos, cuando vinieran, dormirían en una colchoneta en la sala.

Si fuera sedentario, sería gordo. La natación lo había salvado de la obesidad. Artur se iba caminando al trabajo y nadaba todos los días. A las seis de la tarde, salía de su cubículo de la biblioteca e iba a la alberca del gimnasio. Pasaba horas nadando, sordo, rodeado de agua tibia, azul.

Triana Robledo fue la primera mujer con quien salió a solas luego de la separación. No es que este hecho tuviera ninguna connotación romántica. Triana Robledo era aquella señora que, todos los días, antes de las clases, tempranito, pasaba por la biblioteca para leer los periódicos. Una de las pocas personas, además de sus empleados, a las que Artur reconocía y saludaba.

Salieron juntos porque, unas semanas antes, se habían encontrado casualmente en el supermercado. Artur la ayudó a cargar las compras. En la puerta de su casa, a Triana se le ocurrió ofrecerle un café, pero luego pensó que no sería adecuado.

Para responder a la gentileza, dos semanas después, alrededor de las siete de la mañana, invitó a Artur a un concierto de música de cámara. Uno de sus alumnos le había regalado los boletos. Esa fue la primera vez que salieron juntos.

Salieron juntos otras veces y se hicieron amigos, que era lo que correpondía entre un hombre de 58 y una mujer de 72.  Iban al cine, a conferencias y, si a alguno le regalaban boletos, iban a una obra de teatro o a un concierto. Muchas veces iban a comer una pizza después de la cita. Siempre se dividían los gastos sin ningún resquemor. Durante una de esas pizzas, Artur mencionó a su hijo por primera vez.

Triana Robledo no tenía hijos, ni ningún otro pariente. Cuando aún era joven, había perdido a su madre y a su padre en el espacio de tres años. En 1950, a los catorce años, había llegado a São Paulo para vivir con su tío, un padre dominico que trabajaba en la administración de la Universidad. El vínculo de Triana con el mundo se daba a través de esa institución. Allí había terminado su formación académica. Todavía siendo pasante de maestría, había empezado a dar clases de literatura española. Siempre había vivido a la sombra de la Universidad, repitiendo a Cervantes y a Lope de Vega ante generaciones idénticas de alumnos.

Por alguna razón inexplicable, durante toda su vida había sido invisible para el sexo opuesto. Ningún hombre jamás le había demostrado un interés romántico. Por extraño que pueda parecer, esta es la más pura verdad. No era bonita, pero esa no sería razón suficiente. Aun en este mundo machista, mujeres menos bellas se casan incluso más de una vez.

Era reservada. Se pasó la adolesencia sola, leyendo. Tal vez había sido eso. Tal vez se había quedado soltera porque se movía mucho entre religiosos. Tal vez, incluso, porque era ése el destino más feliz que podría tocarle en suerte.

Pero es inútil conjeturar sobe las razones de ese destino. Las razones pueden ser varias. Lo que importaba era el resultado, y el resultado era que Triana Robledo nunca había encontrado un hombre que la besara ni, mucho menos, que la llevara al altar. Con ella se exinguiría la familia Robledo.

El tío le había dado una vida austera. Había crecido sin ningún lujo. Nunca se había considerado digna de cuidados especiales o gastos superfluos. Traía en el alma ese pesimismo conformista del que sólo es capaz un español. La vida era como tenía que ser, un valle de lágrimas, una trampa contra cualquiera que esté vivo.

Como Artur, Triana contaba cada centavo y le parecía normal usar la misma bolsita de té más de una vez. No conocía el placer y no desperdiciaría dinero en algo que no lograba discernir. A diferencia de Artur, sin embargo, no tenía idea de lo que el dinero acumulado a lo largo de toda la vida podría proporcionarle Se había pasado la vida ahorrando, porque ahorrar era parte de la vida. Ahorraba porque no tenía en qué gastar.

La atención que Artur le dedicaba cuando iban al cine o compartían una pizza era más de lo que cualquier otro hombre le hubiera prodigado jamás. Toda demostración amistosa de Artur era grande en comparación con lo poco que ella conocía. Si concibiera la posibilidad del amor, Triana se habría enamorado a primera vista, en la biblioteca. Pero como no pensaba en el amor, no contemplaba la pasión. Se complacía con la presencia de Artur.Le gustaban su compañía, las pláticas que entablaban, el tiempo que pasaban juntos.

Cada uno había llegado a São Paulo por sus propios azares. Artur, después de una separación. Triana, después de la muerte de sus padres. Para él, un nuevo empleo. Para ella, la casa de su único tío. Él había abandonado la ilusión del matrimonio y vivía solo. Ella había dejado un continente para ganar otro.

En su interior, Triana creía que el hecho de no haber sido amada la volvía inmortal. “Nadie puede morirse antes de haber sido amado.” Eso lo oí de su propia boca. En esa misma época, me dijo que había empezado a tener pensamietos de muerte al cumplir 70 años.

Se había pasado la vida sin creer en el placer, sin saber que el placer vivía en ella. A la edad más increíble, Triana descubría una tensión en el diafragma que había que estar enamorada para sentirla. Sabía exactamente en qué parte de su brazo, horas antes, él la había tocado para ayudarla a la salida del auditorio o al bajar una escalera.

Sentía placer, pero lo que sentía le era desconocido, y ella, por falta de experiencia en estos asuntos, no sabía que el placer, al ser recíproco, se potencializaba. No pensaba ser correspondida, pero soñó con Artur repetidas veces. En uno de los sueños, él no tenía camisa. En otro, sonreía.

A los 58 años, Artur no concebía la posibilidad del placer romántico. Creía que tenía resuelto el aspecto sexual masturbándose una o dos veces a la semana con fotos que bajaba de Internet.

Es poco lo que sé de los hijos de Artur. Sé que la niña tenía 15 años y era una mosca muerta, pero tal vez sólo fuera tímida, yo qué sé. Marcelo, el muchacho, sí que era el orgullo de su padre. Tenía 25 años y se había graduado en economía. Trabajaba en un banco de inversiones. No se ocupaba directamente del dinero de Artur, pero le hacía recomendaciones y sugerencias que el padre, en beneficio propio, había aprendido a seguir al pie de la letra.

Once meses después del primer encuentro, un domingo de febrero, Artur sugirió que comieran una pizza después del cine. Esa noche, pidió vino en lugar de guaraná y, por primera vez, tomó la iniciativa de pagar la cuenta solo. Justificó el gesto diciendo que estaba celebrando los rendimientos de unas inversiones que su hijo le había sugerido.

Esa noche, Artur tuvo ganas de hablar de cuánto dinero había ganado y cuánto podría ganar, pero al final pensó que no sería de buen gusto. El tema central de la plática terminó siendo Marcelo. La semana siguiente, Artur pagaba el enganche de su departamento de 71 m2 en el Village Arpoador, en Perdizes.

A esas alturas, Triana ya se había dado cuenta de que se había enamorado. En su casa, en las clases, en la biblioteca, pensaba constantemente en Artur. A principios de marzo, se confesó a sí misma que lo que sentía por él ya estaba fuera de control. Pero si había perdido el control, era sólo por dentro, porque, por fuera, en apariencia, palabras y gestos, nada traicionaba sus sentimientos de mujer.

En la sala de periódicos, días después, le preguntó a Artur si Marcelo podría asesorarla sobre opciones de inversión. A Artur, la pregunta de Triana le pareció fuera de lugar, casi abusiva. Ella sabía que Marcelo sólo trabajaba con grandes inversionistas y que le brindaba consultoría de padre a hijo, literalmente.

Artur no quería cargarle esa molestia a Marcelo, pero tampoco quería ser descortés con Triana. Entre los dos, se inclinó por la más anciana y le pasó los teléfonos de su hijo. Imaginaba que ella tendría algún dinero ahorrado, pero nada substancial. Fue eso lo que le dijo a Marcelo cuando le pidió que hiciera un favor en nombre de su padre.

Cuatro días después, por la noche, Marcelo llamó a Artur por teléfono. Quería agradecerle la recomendación de la nueva cliente. Le había contado que la profesora Triana había invertido casi tres millones con él y que el portafolio de inversiones que administraba prácticamente se había duplicado.

Lo primero que sintió el padre ante esa noticia fue satisfacción por haberle hecho un bien a su hijo. Después vino una  incredulidad pura. Aquella noche, Artur casi no durmió. Dando vueltas en la cama, intentaba hacer encajar tres millones en la vida de Triana. Durmió agitado, pero no recordó sus sueños al despertar.

El sábado siguiente, antes del cine, Triana mencionó que había hablado con Marcelo. De noche, en la cama, Artur intentaba concebir la idea de que Triana, su compañera de cine y pizza con guaraná, tenía más dinero de lo que él jamás hubiera imaginado. La conclusión obvia a la que llegaba por sí mismo era que Triana tenía que haber heredado ese dineral de alguien.

Comenzó a observarla como nunca antes lo había hecho. Analizaba cada gesto de su expresión. Escrutaba cada parte de su cuerpo. Si cerraba los ojos, podía imaginarse sus rasgos. Ella tenía lo que él necesitaba tener y Artur quería entenderla mejor.

Se daba cuenta de la seguridad con la que tomaba los boletos en la taquilla del cine. Notaba su forma de sostener los cubiertos con las muñecas ligeramente curvadas. Le parecía gracioso cuando ella miraba hacia abajo inmediatamente antes de mirarlo a los ojos y criticar un gobierno cualquiera.

Las imágenes de Triana Robledo seguían a Artur en la alberca, entre reflejos de luz y burbujas. Ocupaban el sitio del departamento propio en sus pensamientos de antes de dormir.

Para Artur, una mujer rica que quisiera parecer pobre tenía que tener enormes cualidades. Comenzó a admirarla, a considerarla un modelo. Nada en la vida le daba más tranquilidad que la compañía de esa mujer.

Durante una película de Almodóvar, sus piernas se tocaron. Triana sintió un calor sofocante en el rostro. Artur presintió una erección. Casi dos meses después, Artur la besó por impulso en la cocina del departamento, a donde ella lo había invitado a tomar un café. No le costó trabajo admitir que se había enamorado de Triana sin darse cuenta.

Las ideas, el cuerpo, el olor, esas cosas catalizan la química del amor. En el caso de Artur, el catalizador del amor por Triana fue la seguridad que le inspiraban el carácter, las palabras y el dinero de esa mujer. Para él, lo que ella tenía integraba la esencia de lo que ella era.

Habrá quien insista en poner en duda  la pureza de ese sentimiento. Lo más fácil es decir que Artur se casó por interés. Es lo más sencillo y simplista. Pero sólo quienes no los conocieron dicen eso.

Triana y Artur se casaron discretamente, en un juzgado del centro de la ciudad. Marcelo y el Padre Justino, que bendijo a la pareja, fueron los testigos. Por insistencia de Triana, se casaron por bienes mancomunados.

A los 73 años, Triana, finalmente, conocía el amor. El matrimonio se consumó con cariño y continuó con cariño a lo largo de los nueve años que vivieron juntos. Ya desde el primer año de casados, Triana convenció a su marido de que se mudaran a un departamento más grande. A fines de ese mismo año, pasaron quince días en España. Más de una vez la escuché decir que Artur le había dado los mejores años de su vida.

El fatalismo español, que la había forzado a ahorrar durante toda la vida para una eventualidad que ella nunca había entendido, finalmente se explicaba. Su riqueza, sin que ella se diera cuenta, le había comprado un amor sincero. Daba gracias por esto a su ángel de la guarda. Todas las noches, antes de dormir, besaba la medalla de San Antonio, que le había concedido la gracia del matrimonio.

Triana no vio el paso de la vida a la muerte; sólo vio que, de pronto, las luces se apagaron. Artur la encontró en camisón, sobre la cama, tal como la había dejado por la mañana, pero muerta. El frío de su cuerpo lanzó a Artur en caída libre durante dos segundos. Respiró hondo, le habló a su hijo y después lloró. En seguida, hizo una llamada a la funeraria y al cementerio, donde habían comprado un nicho. Quería resolver los detalles del sepelio.

La muerte de Triana oscureció la vida de Artur, pero, al salir de la misa del trigésimo día, a las nueve de la mañana, informó a su hijo que se iría de viaje. Había decidio ir a París. Tal vez también iría a Grecia. Ya había comprado los boletos y hecho las reservaciones en el hotel.

Me dijo que, en París, lloraba por Triana mientras caminaba por las calles, bajo la lluvia y que sólo con el sol de Grecia comenzó a sentirse mejor.

De vuelta en São Paulo, el departamento le pareció muy oscuro y decidió mudarse a una casa en la playa. Tenía salud, disposición y llevaba un San Antonio colgado del cuello. Ya no le temía a la muerte y quería seguir adelante.

A los 68 años de edad, eso era lo que Artur quería hacer. ¿Quién no haría lo mismo, si pudiera? ¿Qué puede haber de condenable en esa intención.

Traducción de Paula Abrego